martes, 14 de abril de 2009

La cotidianeidad de la Semana Grande

Con el horario de verano, la tarde es perfecta, hay mucha luz aunque el sol no da de lleno, aun así se siente el un rico calorcito. Eso vas pensando cuando a medio camino escuchas las campanas de la iglesia que aun está a diez minutos, aprietas el paso, con el temor de llegar sólo a la elevación como sucedió el año anterior, y el anterior.

Entras sofocada a la iglesia y la ceremonia del Jueves Santo ya empezó, observas a tu alrededor, más adelante una de tus comadres te hace señas para que te acerques a donde te apartó un lugar. Trabajosamente, más por la pena que por la cantidad de gente, llegas hasta donde te espera una mano extendida que te saluda sin tardanza.

Notas que hay más gente que los años anteriores, y recuerdas que el año pasado tuvieron que rogar a más de uno para que cooperara con la ceremonia, ves que las bancas de adelante están llenas de niños y jóvenes recién confesados y sinceramente te preguntas que hacen ahí.

Después de pasar los ojos entre cada banca hasta el altar, finalmente te detienes donde debías tener la mirada desde que llegaste. Ves que el Cristo de este año no ha cambiado nada, prieto y chaparrito, con el cabello negro muy al ras de su cabeza y una barba resultado de su dejadez.

Lo encuentras arrodillado ahí, ante doce hombres, todos viejos conocidos del pueblo, reconoces la fe de algunos, pero no puedes evitar pensar en la suciedad de sus pies. Lo observas recorrer con las rodillas en el piso la media luna que han formado alrededor de la mesa, finalmente se pone de pie y haces lo propio junto con todos los que nos encontramos de éste lado.

Sientes el clímax del Jueves Santo y escuchas esas palabras que perpetúan la estancia de El hijo de Dios en la tierra y tomando el pan y el vino, te contagias de los sentimientos de la gente que junto a ti reza en su mente, el líder de la ceremonia otorga uno a uno la eucaristía mientras un coro, que de hecho desconocías, entona una alabanza.

Después de entregar El Santísimo a cada uno de los fieles, el líder de la comunidad, en quien no confías, relata los demás hechos que sucedieron aquel jueves mientras recreas en tu mente las profecías a Pedro, el temor de Jesús, el beso de Judas, su detención y Juicio del Hijo de Dios, hasta los azotes, escuchas otro canto y regresas a la realidad.

La temperatura no ha bajado del todo, por lo que al salir de la iglesia, te parece que la inmensa luna también despide calor. Caminas con un grupo de gente y llegas finalmente a tu casa. Ya lejos de tu puerta oyes el grito de la misma comadre quien te advierte que el Vía Crucis iniciará a las nueve en punto, recomendándote puntualidad.

A las diez de la mañana la gente está lista para partir, no fue necesario que te esperaran, pero maldices que son las once y aún no empieza. Escuchas junto con todos que el sacerdote no podrá asistir y dices, que como cada año ya lo sabías.

La caminata empieza. Tres apóstoles, los que hayan llegado primero, dos mujeres de luto y Jesús que carga la cruz son los protagonistas, pero detrás de ellos, a pesar del calor insoportable del medio día marchan más de cincuenta personas.

La comitiva avanza, y el Calvario de Cristo inicia. Conoces el camino, sabes a donde llegará, pasas uno por uno los arcos de palma que representan cada momento de la pasión, te duelen las caídas y aprovechas hasta las últimas enseñanzas.

Conforme avanzan te pones a pensar en que deberías estar realizando un examen de consciencia contigo misma, arrepintiéndote de tus pecados, haciendo –sufriendo- penitencia, orando con más fe… pero parece que nadie lo ha considerado así. E inmersa en esos pensamientos te has perdido ya dos momentos.

Te sientes envuelta por un tufo de sudor, combinado con olor a incienso, olfateas el ambiente y huele incluso a cabello quemado. No hay conversaciones fuera de lugar, sólo las alabanzas del coro rompen el silencio con desafinadas voces. Ves a tres niñas vestidas de blanco cargando un cetro y te vuelves a preguntar si ellas de verdad querrían estar ahí y por qué.

Al llegar a la cima de una ladera, bastante alta a tu criterio para ser ladera, puedes ver el reflejo del sudor en la frente de todos quienes subieron con Cristo para cumplir su doloroso camino. Después de haber andado más de dos horas reconoces que todo lo has visto igual, sientes menos fascinación que años anteriores al ver a Jesús sufrir crucificado con una corona de espinas, y entonces te preguntas dónde quedó la tradición del Vía Crucis y en qué momento se convirtió en una costumbre más.

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